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Martes, 22 de septiembre de 2009, 00:00 horas

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"Memorario. Primera parte", de Juan José Gil
Del 24 de septiembre al 20 de octubre de 2009

Exposición


Reproducimos el texto del catálogo:

FRAGMENTOS DE UNA GEOGONÍA

Los mecanismos de la memoria codifican caprichosamente la realidad física de las cosas, ven el todo en la parte o la parte en el todo, dividen las nociones unitarias o integran las truncadas. Recordar es volver a vivir, a sentir o a percibir, sin la condición limitadora de lo real. Un dato, una forma, una sensación, un color o un sonido nuclean, individualizados, la globalidad de la experiencia vivida o imaginada. El arte eleva a categoría los accidentes dispersos y cada uno los parámetros que sostienen una estructura. El blanco forma parte de la pintura, como el vacío de la escultura y la arquitectura, o el silencio de la música; por consiguiente, blanco, vacío y silencio pueden absolutizar cada uno de esos lenguajes al igual que la memoria fracciona o recompone las vivencias a partir de un solo elemento.

En la pintura de Juan José Gil no es nueva la puesta en valor del fragmento ni la reelaboración de formas previas. Aunque las etapas sucesivas de su obra alternen o combinen libremente la abstracción y la figuración, y sus presencias públicas parezcan a veces contradictorias en términos temáticos, hay sedimentos identificadores que señalan el hilo conductor de un pensamiento constante. El consumado dominio de la técnica y los materiales abonan saltos aparentes que no solapan lo esencial: sean como fueren el tema, el lenguaje y el desarrollo compositivo, una pintura suya es inconfundible. Las diferencias tan solo son de tiempo y avanzan desde la iniciación hasta la maestría.

Los fragmentos no estilizan sino que profundizan. Volver a ellos desde una mirada global del objeto --volcanes, perfiles orográficos o imaginario insular-- es exteriorizar un largo proceso mental animado por la memoria de las partes, siempre rescatadas como lexemas generativos. En otras palabras, es la decantación ideológica de la realidad despojada de lo superfluo, percibida más allá de la mirada y tal vez divinizada en el encuentro con la expresión irreductible del pintor, que es la pictórica. Cuando todo se hace pintura, todo es legítimo en el hacer del artista por muy intelectual que haya sido la génesis de la idea.

Es así cómo la temática de este primer Memorario, centrada en imágenes geológicas acaso omnipresentes en la sensibilidad y la memoria de Gil, muestra un itinerario geogénico --puesto que son inventadas-- y desemboca intencionalmente en una geogonía. Las nubes y las rocas, los restos difusos de la presencia humana, las manchas abstractas, los gestos convulsos que dramatizan o difuminan, las coloraciones de la abrasión natural, las sombras dominantes, los negros a veces invasores, los halos luminosos tras el perfil orográfico, la dureza de la piedra o la rugosidad del cielo, las gargantas que parten la masa con violencia o los espolones que ascienden imperiosos, y, sobre todo, la autonomía del fragmento, transfieren la profundidad del pensar y el recordar a la celebración fundamental de la pintura.

Más aún, la mirada interior traspasa el roquedal para adentrarse en el esqueleto de la montaña, urdimbre de ángulos geométricos cuya seriación proyecta, junto a la distribución del color, la intuición visionaria de la entraña de las cosas.

Estos precipicios y simas, cantiles y escarpaduras de un dramatismo neobarroco, se nos presentan como leviatán vengador de una civilización en ruinas. El coloso segmentado invoca un estado de naturaleza redentor mediante la convulsión y el cataclismo, creencia arraigada en la mente humana desde que habita la tierra. En el esqueleto del volcán, también la lógica y el orden están en combustión. Todo es inquietante y nos amenaza desde una pintura de áspera belleza, al tiempo que nos seduce por la fuerza de su propia sustancia. El pintor ha convertido los fragmentos de la memoria en una geogonía sin retórica, penetración de la corteza de la tierra que diferencia en las partes la filosofía de la totalidad presentida. Pero el eón encarna, digámoslo una vez más, en el logos inconfundible de la gran pintura.

Guillermo Garcia-Alcalde






 
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